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Amar en Tiempos de Estómagos Revueltos


Conflictivos2013
13
Ene

Conflictivos

Nos han enseñado que las peleas, las discusiones y las discrepancias son malas y que cuando algo nos molesta de alguien es mejor aguantarse y callar para no romper el buen rollo. ¿Pero quién dice que las relaciones y las parejas que van mejor son aquellas en las que nunca se discute? ¿Por qué ese terror desaforado a los conflictos?

Por Carlos G. García


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Queridas lectores:

Os imagináis un mundo megachuli, supersónico e hiperespecial en el que no hubiera peleas, ni discusiones, ni discrepancias y en el que todos nos cogiéramos de la mano alegremente, como si no existiera aquello en lo que no estamos de acuerdo, ni diferencias de opiniones, y en el que el jurado de Tú sí que vales estuviera permanentemente de acuerdo con el veredicto de Merche (que casi siempre suele ser que sí, que tú vales mogollón, aunque lo que hayas hecho haya sido un truño encima del escenario)? Un mundo en el que no existiera la tristeza, ni la rabia, ni nada, en el que la gente sonriera todo el tiempo y en el que Álex Ubago compusiera y cantara canciones felices y en el que no se nominara a Penélope Cruz a los Goya todos los años (que sí, chica, que será muy mona y actuará muy bien, pero que a este paso la van a nominar hasta por el anuncio de SuperMario). En definitiva, tía, ¿te imaginas un mundo en el que no existieran los conflictos de ninguna clase?

Efectivamente, sería un horror. Vamos, a mí me saldrían unos sarpullidos terribles. Posiblemente, todos enloqueceríamos y Leticia Sabater sería la líder y reina del mundo mundial. Una cosa superfuerte. ¿Y por qué digo esto? Pues por una razón muy sencilla y megachuli: somos memos y vivimos en una sociedad lerda que nos enseña y transmite cosas poco útiles para nuestra salud mental y la calidad de nuestras relaciones personales. Por ejemplo, una de las cosas que nos meten en la cabeza antes siquiera de que hayamos abierto un Micho es que el conflicto es malo. A ti, a mí, a mi prima de Albacete, a tu vecina Sebastiana, a Puri, la quiosquera y al charcutero del Mercadona, desde que éramos seres tiernos e inocentes que creíamos que los niños venían de Paris (menos tu ex, que viene de Putón), nos han transmitido una idea clara: pelearse es malo, caca, asco. No importa cuánto te toquen las pelotas tus semejantes: ¡lo importante es que finjas que no te afecta y que todo va estupendamente bien! ¿Cómo si me hubieran practicado una lobotomía, Carlos? Sí, cariña, eso es, exactamente así, como si todo fuera alegría y felicidad, como algunos locutores de Los 40 principales, que no sabes si están trabajando o poniéndose hasta el culo de prozac.

De hecho, todos hemos asumido, como algo totalmente inamovible, que las relaciones y, concretamente, las parejas que van mejor, son aquellas en las cuales menos se discute. Por eso, lo que nuestro pensamiento de lerdos y en general todo cristo nos inducen a hacer es evitar cualquier tipo de confrontación con el objetivo de que parezca que nuestra relación con Fulanito es megachahi, de película de Meg Ryan, mari. “Nos va estupendérrimamente, nena, no nos peleamos nunca”. Y esto es lo que hace que aguantemos muchas cosas.

Pero lo vamos a entender mejor poniéndonos en situación. Pongamos por caso que a ti te molesta una barbaridad que tu novio te robe las patatas fritas del plato (esto es muy común y de hecho genera más rupturas que una cuenta secreta en el Grindr). Y él acostumbra a hacerlo, además, porque es así de mala persona, quiere ir de guay, tiene un desorden alimenticio o simplemente cree que es romántico compartir la comida (La Dama y el Vagabundo han hecho mucho daño, nenas. ¡Ya basta de compartir espaguetis, filetes en salsa o croquetas y de ponerse mantequilla en el escroto y otras guarradas que la gente hace con la comida, por dios y por la virgen de Azúcar! ¿Por qué, señor, por qué?). La duda ante esto que te molesta un montón es: ¿me callo y aguanto pretendiendo que esto no me afecta o creo un conflicto chachi piruli en el que le explico que me pone negro? ¿Pero y si se enfada? ¿Y si se monta un Sálvame por tan poca cosa? ¿Y si me deja de querer? Y es aquí donde entra la capacidad de aguante de cada uno:

-Si decides decírselo la primera vez que te lo hace, es probable que lo expreses tranquilamente, sin más dilación y sin darle demasiada importancia: “Cariño, te quiero mucho, pero no soporto que me cojan la patata frita del plato”. Si tu novio es una persona normal y no como mi ex, seguramente respetará tu manía y dejará de cogerte las patatas y de paso de tocarte las pelotas a dos manos. Si has topado con alguien como mi ex lo hará a todas horas solo por el placer de ver cómo se te escapa el humo por las orejas (cada uno tiene sus hobbies).

-Si decides darle el toque la segunda vez que te lo hace, se lo dirás un poco más alterado. “Mi vida, ¿quieres hacer el favor de no cogerme patatas fritas del plato? ¡Es que no me gusta nada, casi prefiero que me pegues con un vaquero del Carrefour en el culo, fíjate lo que te digo, con lo que raspan los jodíos!”.

-Si decides abrir la boca a la tercera vez que te lo hace, es probable que ya te pongas un poco farruco. “Como vuelvas a coger una patata del plato te corto la mano y se la echo a un par de hienas hambrientas junto a tus huevos. Así que ya lo que tú veas, ¿eh?, yo lo dejo ahí”.

-Si explotas a la cuarta vez: “¿Qué? ¿Está buena la patata, eh? Pues ya verás cuando me comas el coño con la cucharilla del McFlurry en tres tiempos, te va a saber a gloria bendita”.

-A la quinta vez: “Tenemos que dejarlo. No eres tú, soy yo, que me he dado cuenta de que eres UN CAPULLO. Ah, y la próxima vez que quieras patatas, PÍDETE UN PUTO PLATO PARA TI, COÑO. Besis”.

-A la sexta vez: Atas a tu novio a una silla con clavos en un sótano lúgubre y oscuro y le obligas a comerse su peso en patatas fritas. Hasta que reviente. Eso sí, con mucho Hamor y ya verás como no vuelve a hacerlo en la vida (no, lo de coger patatas de platos ajenos no, lo de echarse novio).

-A la séptima vez: no dices nada, solo lo miras fijamente y expulsas una llamarada de fuego por la boca que lo desintegra por completo (eso sí, la patata que te ha robado del plato queda intacta).

-A la octava vez: decides hacerle una mamada espontánea que él acepta encantado (pues claro) y justo cuando la tienes en la boca dices claramente la palabra “Matalascañas”, repitiendo, eso sí, la última sílaba: MATALASCAÑAS… ÑAS, ÑAS, ÑAS, ÑAS, ÑAS, ÑAS, ÑAS, ÑAS, ÑAS, ÑAS…, durante cinco minutos o hasta que empiece a saber a sangre.

-A la novena vez: sacas una katana, le rabanas la cabeza a tu novio y ésta cae sobre el plato. Luego, tranquilamente, te comes las patatas que han quedado alrededor de la cabeza con la mirada perdida y cantando alguna siniestra canción infantil, como la del Corro de la Patata.

-A la décima vez: contratas a Lady Gaga para que sea la cocinera del restaurante y le ponga veneno a todo. Luego, terminando de hacer el homenaje al videoclip de Telephone le introduces por el ano a tu ex (que ya no es tu novio) una cabina telefónica con señor de Cuenca incluido.

-A la undécima (sí, se escribe undécima, lo he mirado en la RAE, tía) vez: Gritas y gruñes como un animal mitológico, te pones de color verde, se te desgarra la ropa, aumentas siete veces de tamaño (y no en la entrepierna como ocurre normalmente), lo destrozas todo y una ola de ira que proviene de ti se expande y asola la Tierra y morimos todos, excepto las cucarachas y Sara Montiel (si hubieras esperado una vez más…).

Como vemos, el conflicto habría sido de mucha menor intensidad si se hubiera expuesto desde el principio tranquilamente. El problema es el auténtico pavor que nos produce confrontarnos con otra persona, romper esa especie de buenrollismo que, por lo visto, estamos destinados a mantener por encima de todas las cosas. Los conflictos pueden ser la mar de positivos si uno se pelea con su pareja, con su amigo, con su vecino de enfrente, con su padre o con su primo hermano de manera constructiva; esto es, sin tirarse los trastos a la cabeza y sin llamarse “puta, guarra, sucia, no te tocaba ni con un palo atado a otro palo, zorra, mala pécora, bastarda, no te deseo nada malo pero ojalá Pitingo versione tu canción favorita”. Ese tipo de cosas que no se le deben decir ni desear a nadie (por favor, cualquier cosa menos lo de Pitingo). Si uno tiene un conflicto sano y equilibrado con alguien en el cual no se falte al respeto no sólo la relación con esa persona no irá a peor, sino que probablemente será mucho mejor en el futuro. Porque con los conflictos se avanza, se evoluciona y se conoce a la otra persona más y mejor.

Que nadie os engañe: las relaciones verdaderamente sanas y felices son aquellas en las que hay honestidad y sinceridad y, por tanto, conflictos. Lo demás es pura farsa, bombas a punto de explotar.



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Muy buen articulo como siempre. Y como siempre tienes toda la razon.
cada persona es un mundo, y cada mundo es una complicacion,muchas veces da igual como lo digas porque la otra persona o bien se mosqueara o no te hara ni puto caso.
lo que se expone en este articulo tambien es extensible a todo tipo de ambito. En mi caso deje de decir las cosas con el animo de cambiarlas a mejor, ahora simplemente las digo suenen como suenen y gusten o no. Ya que no me hacen ni puto caso almenos me quedo agusto soltando las cuatro borderias y que se lo tomen como les de la gana porque a veces no hay grises, o es negro o es blanco.

Por pua - 14/01/2013 12:35


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