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Amar en Tiempos de Estómagos Revueltos


El locus de control2013
04
Feb

El locus de control

Atribuir los éxitos y fracasos a uno mismo o a la suerte es taco de importante a la hora de relacionarte con los demás. Porque, ¿sabes, tía?, el mundo está lleno de gente que se dan palmadas en la espalda cuando consiguen algo y que, en cambio, cuando cometen un error echan balones fuera y culpan a cualquiera excepto a sí mismos.

Por Carlos G. García


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Chicas, chicos, damos, caballeras… esta semana vengo en plan casamentero. Como sé que estáis hasta el coño de conocer memos y giliponcios de todos los tamaños, sabores y colores en citas imposibles y de que os habéis recorrido de arriba abajo, de izquierda a derecha, delante, detrás, un, dos, tres, esta vasta tierra llena de gente zumbada que es el mundo, esta semana he decidido presentaros a alguien muy especial con quien habréis de hacer migas, casaros y adoptar seis o siete niños chinos. Ese alguien muy especial no es Álex Ubago (aunque bien sabe Dior la falta que le hace a ese chico conocer gente nueva y alegre que lo saque de casa y lo lleve a bares de ambiente para que deje de llorar), sino que se llama Locus de Control. He dicho locus de control, no loca del control (ese probablemente sea tu ex novio celoso que no te dejaba salir de casa con tus shorts preferidos o tu minifalda porque se te marcaba demasiado el ojete o la controladora de tu madre que un minuto más tarde de la hora a la que te había dicho que volvieras a casa te estaba quemando el móvil con más ímpetu que los teleoperadores de Orange). No, he dicho locus. Locus, nena, saluda.

Hola, tías.

Locus es así, parco en palabras, pero apasionante. Ya lo veréis.

Todos deseamos tener éxito en la vida y conseguir todo aquello que soñamos cuales princesas Disney montadas en nuestras nubes de algodón y rodeados de angelitos buenorros y musculosos con un mandao’ del tamaño de Castilla La Mancha (es que los gays solo pensamos en lo único): un trabajo que lo flipas, un cochazo de escándalo, un marido de ensueño, un dildo de diamantes engarzados (¡y dos cabezas!)… Un derroche de ambiciones que a veces alcanzamos pero que en innumerables ocasiones no conseguimos. Y nos frustramos, claro, y decimos frases tan maravillosas y tan chulis como…

Estoy hasta el mismísimo coño de intentar encontrar el amor / el trabajo de mi vida / la casa de mis sueños / a mi madre ideal / a Wally/ a mi gemela separada de mí al nacer / el canal donde ponen porno gay.

Está claro que no lograr las metas que uno se propone sienta fatal, fatal (peor que ver Titanic o seguir la dieta de Mario Vaquerizo) y siempre buscamos un culpable. La cosa es que todos tenemos un locus de control (los heteros también, porque ellos también son personas, te lo digo yo, que tengo muchos amigos heteros y son muy limpios y muy majos y ni se masturban en público ni nada) pero no el mismo todo el tiempo. Los locus son como los genitales, tía: pueden ser internos (p'adentro) o externos (p'afuera). Es decir: cuando uno no consigue lo que quiere y patalea y se frustra puede o bien asumir que es culpa suya (locus de control interno) o bien atribuir esa culpa al resto del mundo (locus de control externo). Tanto para lo bueno como para lo malo. Pero vayamos por partes, que sé que muchos de nosotros venimos de la LOGSE y nos hacemos la picha un lío volando.

1. Locus de control interno: consiste en atribuirse a uno mismo la causa de los éxitos y los fracasos.

a. Éxitos: esto lo he conseguido porque me lo he currado yo con el sudor de mi frente (ni me han pasado sobres llenos de dinero ni nada), porque yo me lo merezco, por L’oreal (porque yo lo valgo, movimiento de melena incluido) y mi chichi moreno lo ha querido así, porque yo he trabajado mucho, porque lo hago todo que te corres del gusto. Soy yo, que soy lo más.

b. Fracasos: esto es culpa mía, no lo he conseguido porque no soy lo suficientemente guay, porque no soy lo bastante bueno, porque soy lo peor, porque estoy marcado con una maldición, porque en el instituto no pude ser animadora y eso me va a perseguir durante toda la vida, porque soy un desastre, porque soy un asco de ser humano, porque me merezco que Pitingo versione mi canción favorita...

2. Locus de control externo: consiste en atribuir a los demás o a la suerte nuestros éxitos y fracasos.

a. Éxitos: he logrado esto, pero no ha sido gracias a mí, sino a que otras personas me ayudaron, a mi madre, a mi prima de Valladolid, a que me enchufaron, a que ese día la Tierra estaba en perpendicular con la polla de mi novio y eso creó un haz de electrones que me llevó al éxito, el destino lo puso en mi camino o ha sido una vela que le puse a San Cuarto Muy Oscuro (patrón de los desamparados). No es que yo sea muy listo, es que la gente que competía conmigo era muy tonta. Ha sido suerte, yo no he tenido nada que ver. Hice brujería con veneno de polilla mutante de Luisiana que encontré en Internet y por eso lo conseguí, pero no tiene nada que ver mi esfuerzo.

b. Fracasos: no consigo lo que quiero porque hay una conspiración judeo masónica contra mí, porque el mundo me hace la vida imposible, porque mis padres no me dieron la muñeca chochona que les pedí aquella Navidad del 86, porque mis compañeros del colegio me llamaban mariquita, porque nadie me lo pone fácil, porque la gente está loca, porque todo el mundo me hace pupa, porque la gente apesta. Yo no he sido, cómo voy a ser yo, esto es culpa tuya.

Curiosamente, queridos lectoras, cada día hay más gente en el mundo que se creen la polla y que creen que todo lo que tienen es porque son estupendos y se lo han currado y que, sin embargo, cuando cometen un error o les pasa algo malo no dudan ni un segundo en lanzar la mierda a su alrededor y culpar a los demás. Mis éxitos son consecuencia de lo guay que soy y lo mucho que me he esforzado, pero los errores son cosa de otros, o cuestión de mala suerte, nada que ver conmigo. Usamos el locus de control interno y externo según nos conviene, sin una pizca de criterio, empatía y sentido común. Y lo peor es que vamos por ahí transmitiéndole a la gente y dando por sentado que eso es lo deseable, que así se vive mejor, que no asumir ni uno solo de nuestros fallos o defectos es lo que nos convierte en listillos, enterados y pícaros de primera que se pegan la vida padre a costa de otros. ¡Hala, la pelota que se la quede otro, que yo no he sido, que yo soy perfectísimo! ¡Esto es culpa de la gente! ¡Yo soy perfecto! ¡Esto no es cosa mía! ¡Tampoco es para tanto! ¡Es culpa vuestra, que habéis comido pollas por encima de vuestras posibilidades! Y no me digáis que no, porque no hay más que echar un vistazo a los políticos de España que, en el fondo, no son más que el reflejo de gran parte de sus habitantes.

Estamos cultivando una sociedad llena de personas que no tienen ni pizca de autocrítica y que, no obstante, son hipercríticas con los demás. ¿Todo es culpa de otro? ¿De verdad? ¿Y todo lo bueno que tienes lo has conseguido tú solo? ¿En serio? Joder, ¡pues qué bueno eres tú y que malvados, pérfidos, inútiles e incompetentes son los demás, tía!

Y, claro, así nos va: siempre esperando a que sean otros los que cambien.



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